jueves, 4 de junio de 2015

El alcance de las explicaciones

¿Cómo sabemos? Una de las cosas más destacables de la ciencia es el contraste entre el enorme alcance y poder de nuestras mejores teorías y los medios precarios y locales con los que las creamos.
Las teorías científicas son explicaciones: aserciones acerca de lo que hay y de cómo se comporta. Durante la mayor parte de la historia de la ciencia, se creía equivocadamente que esas teorías se derivan de la evidencia de nuestros sentidos - una doctrina filosófica llamada empirismo. El filósofo John Locke escribió en 1689 que la mente era como un papel en blanco en el que escribía la experiencia sensorial, y de ahí venía todo nuestro conocimiento.
Las teorías científicas no se derivan de nada. No las leemos de la naturaleza: las adivinamos - conjeturas audaces. Las mentes humanas las crean reordenando, combinando, alterando y agregando ideas existentes lo la intención de mejorarlas. La experiencia es esencial para la ciencia, pero su rol es diferente al que supone el empirismo. No es la fuente de la cual derivan las teorías. Su función principal es elegir entre las teorías que ya han sido adivinadas. Eso es “aprender de la experiencia”.
Esto no fue entendido con propiedad hasta mediados del siglo XX con el trabajo de Karl Popper. Históricamente, el empirismo fue el defensor  de la ciencia experimental, refutando las aproximaciones tradicionales al conocimiento como la deferencia a la autoridad de libros santos, a la autoridad humana de sacerdotes o académicos, o las creencias en tradiciones, reglas de oro o rumores. El empirismo también contradijo la idea persistente de que los sentidos eran poco más que fuentes de error que debían ser ignoradas. Y era optimista, trataba de obtener nuevo conocimiento en contraste con el fatalismo medieval que suponía que todo lo importante ya era conocido. De modo que, a pesar de estar equivocado sobre de dónde viene el conocimiento científico, el empirismo fue un gran paso adelante tanto en la filosofía como en la historia de la ciencia.
¿Cómo puede derivarse el conocimiento de lo que no ha sido experimentado de lo que sí ha sido? La sabiduría convencional dice que la clave es la repetición: si uno repetidamente tiene experiencias similares en circunstancias similares, puede extrapolar o generalizar el patrón y predecir que va a continuar. ¿Por qué esperamos que el sol salga mañana por la mañana? El argumento establece que en el pasado lo hemos visto salir cada vez que miramos el cielo por la mañana, y derivamos la teoría por la cual en circunstancias similares viviremos la misma experiencia. En cada ocasión en la que la predicción acertó, se supone que aumenta la probabilidad de que la teoría siempre acertará. De modo que uno obtiene del pasado conocimiento confiable sobre el futuro, y obtiene de lo particular conocimiento confiable sobre lo general. Este proceso se llama inducción o inferencia inductiva, y la doctrina según la cual las teorías científicas se obtienen de esta forma se conoce como inductivismo.
La deducción lógica por sí sola no alcanza: ninguna cantidad de deducción aplicada a sentencias que describen un set de experiencias puede alcanzar una conclusión acerca de nada que no sean esas mismas experiencias. Algunos inductivistas imaginan que existe un principio natural - el “principio de inducción” - que hace probable que las inferencias inductivas sean ciertas. El futuro se asemejará al pasado, lo distante se asemeja a lo cercano, lo no visto a lo visto.
Pero nadie logró formular un principio de inducción utilizable en la práctica, capaz de obtener teorías científicas a partir de experiencias.
Los conceptos erróneos más fundamentales del inductivismo son dos. En primer lugar, el inductivismo intenta explicar cómo la ciencia obtiene sus predicciones acerca de las experiencias. Pero nuestro conocimiento teórico no toma esa forma. Las explicaciones científicas son acerca de la realidad, la mayor parte de la cual no constituye la experiencia de nadie. La astrofísica no es acerca de nosotros, sino de las estrellas y de las leyes de la física que las forman y gobiernan. Mucho de esto nunca fue observado: nadie experimentó un año-luz, nadie estuvo presente en el Big Bang, nadie tocó jamás una ley física excepto en su mente, a través de la teoría. Todas nuestras predicciones acerca de cómo serán las cosas se deducen a partir de las explicaciones de cómo son las cosas. El inductivismo falla en explicar cómo podemos saber sobre las estrellas y el universo como algo distinto que solamente puntos en el cielo.
El segundo concepto erróneo fundamental es que las teorías científicas predicen que el futuro se parecerá al pasado. La ciencia predice fenómenos espectacularmente diferentes de todo lo experimentado antes.  Por milenios la gente soñó con volar, pero experimentaban sólo caídas. Luego descubrieron buenas teorías explicativas acerca del vuelo, y entonces pudieron volar - en ese orden. Incluso el amanecer no ocurre siempre cada veinticuatro horas: visto en órbita puede ocurrir cada noventa segundos, o no ocurrir en absoluto, y eso se sabe por la teoría desde mucho antes que nadie orbitase la tierra.
Incluso en nuestra vida cotidiana somos conscientes que el futuro es distinto al pasado, y somos selectivos acerca de que aspectos de nuestra experiencia esperamos que se repitan. Como señaló Heráclito, “ningún hombre se baña dos veces en el mismo río, porque no es el mismo río y él no es el mismo hombre.” Cuando recordamos ver un amanecer “repetidamente” bajo “las mismas” circunstancias, estamos utilizando teorías explicativas que nos dicen qué combinaciones de variables de nuestra experiencia debemos interpretar como fenómenos repetidos en la realidad subyacente, y cuales son variables locales o irrelevantes. Por ejemplo, las teorías sobre geometría y óptica nos dicen que no debemos esperar ver un amanecer un día nublado, aunque realmente está ocurriendo. De esas teorías sabemos que el no ver salir al sol un día nublado no cuenta como experiencia de que el sol no salió. De modo que la idea de que una experiencia se repite no es una experiencia sensorial, sino una teoría.
Como el inductivismo es falso, también debe serlo el empirismo. Porque si no podemos derivar predicciones de las experiencias, ciertamente no podemos derivar explicaciones. Descubrir una nueva explicación es inherentemente un acto de creatividad. Estas ideas no se crean a sí mismas ni pueden derivarse mecánicamente de nada: deben ser adivinadas - luego de lo cual pueden ser criticadas y testeadas.
Aún prevalece la idea errónea de que el conocimiento necesita una autoridad para ser genuino o confiable. Esta idea, llamada justificacionismo, convierte la búsqueda de la verdad en una búsqueda de certeza (un sentimiento) o de aprobación (un estatus social).
La posición opuesta se llama falibilismo, y reconoce que no hay fuentes autoritativas de conocimiento ni medios confiables para justificar ideas como ciertas o probables. Para quienes creen en la teoría del conocimiento justificado-verdadero-cierto, el falibilismo significa que el conocimiento es inalcanzable. Pero para quienes creen que crear conocimiento es entender cada vez mejor la realidad, el falibilismo es parte del medio que sirve a ese fin. Los falibilistas esperan que las explicaciones contengan errores además de verdades, y están predispuestos a tratar de cambiarlas para mejor. En cambio, la lógica del justificacionismo es buscar - y creer que se halló - formas de proteger las ideas del cambio. El falibilismo es esencial para iniciar el crecimiento ilimitado del conocimiento - el comienzo del infinito.
La búsqueda de autoridad condujo a los empiristas a estigmatizar la conjetura, la fuente real de todas nuestras teorías. Los científicos debían suprimir o ignorar toda idea nueva excepto aquellas que se derivaran de la experiencia. Fue un error capital: nunca conocemos ningún dato antes de interpretarlo a través de teorías. Todas nuestras observaciones están cargadas de teoría, y son por tanto falibles como lo son las teorías. Considere las señales nerviosas que llegan a nuestros cerebros desde los órganos sensoriales. Lejos están de proveer un acceso directo y no contaminado a la realidad: ellos mismos no son experimentados tal como son - actividad eléctrica. Ni los experimentamos como ocurriendo dónde realmente ocurren - dentro de nuestros cerebros -. En su lugar, los ubicamos en una realidad más allá. No vemos simplemente azul: vemos un cielo azul. No sentimos simplemente dolor: sentimos dolor de estómago, o dolor de cabeza. El cerebro adjunta esas interpretaciones - cabeza, estómago, cielo - a eventos que de hecho ocurren en el mismo cerebro. Nuestros órganos sensoriales y todas las interpretaciones que consciente o inconscientemente adjuntamos a sus salidas, son notablemente falibles. No percibimos nada tal como realmente es. Todo es interpretación teórica: conjeturas.
Si todas nuestras teorías se originan localmente, como un trabajo de adivinanza en nuestras mentes, y pueden testearse sólo localmente, por experiencia, ¿cómo es que contienen conocimiento tan extenso y exacto acerca de la realidad que nunca hemos experimentado? ¿Mediante qué proceso llegaron a representarse físicamente en nuestros cerebros explicaciones acerca del mundo más y más detalladas y verdaderas?
Como hoy, la mayoría pensaba acerca de sus preocupaciones parroquiales. Deseaban saber como salvaguardar su comida, como estar más abrigados, frescos, a salvo, sin dolor. Deseaban progresar en cada aspecto de sus vidas, pero en la escala de una vida humana, casi nunca lo lograron. Los descubrimientos como el fuego, la vestimenta, las herramientas, ocurrieron tan raramente que desde la perspectiva del individuo el mundo nunca mejoraba. Deseaban crear conocimiento pero no sabían cómo.
Esta era la situación desde la prehistoria de nuestra especie hasta el surgimiento de la civilización, y luego durante su imperceptiblemente lento crecimiento en sofisticación - con muchos reveses - hasta hace pocas centurias. Entonces surgió un nuevo modo de descubrimientos y explicación, al que más tarde se llamó ciencia. Su surgimiento se conoce como revolución científica porque logró casi inmediatamente crear conocimiento a un ritmo notable y que no paró de crecer.
La revolución científica fue parte de una revolución intelectual más amplia conocida como la Ilustración, que también trajo progreso en los campos de la filosofía moral y política y en las instituciones sociales. Todas las concepciones de la ilustración coincidían en rebelarse contra la autoridad sobre el conocimiento.
Rechazar a la autoridad sobre el conocimiento era una condición necesaria para el progreso, ya que antes de la Ilustración se creía que todo lo importante ya había sido descubierto y estaba contenido en escritos antiguos y en suposiciones tradicionales. Pero no era suficiente: las autoridades han sido rechazadas muchas veces en la historia, y la secuela habitual fue que nuevas autoridades reemplazaron a las viejas. Se necesitaba una tradición de criticismo que habilitase un crecimiento rápido y sostenido del conocimiento. En ese contexto el empirismo - que sostenía que había que confiar sólo en nuestros sentidos para obtener conocimiento - desempeñó un rol saludable a pesar de ser fundamentalmente falso.
Una consecuencia de esa tradición de criticismo fue el surgimiento de una regla metodológica según la cual una teoría científica debe ser testeable. De modo que, aunque las teorías científicas no se derivan de la experiencia, pueden ser testeadas por la experiencia - por observación o experimento. Por ejemplo, antes del descubrimiento de la radioactividad los químicos creían - y lo habían verificado en incontables experimentos - que la transmutación era imposible. Rutherford y Soddy conjeturaron que el uranio transmutaba espontáneamente en otros elementos. Luego, al demostrar la creación del elemento radio en un contenedor sellado con uranio, refutaron la teoría prevaleciente y la ciencia progresó. Pudieron hacerlo porque la teoría anterior era testeable: era posible testear la presencia de radio. En contraste, la teoría antigua según la cual toda la materia está compuesta de combinaciones de elementos tierra, aire, fuego y agua era intesteable ya que no incluía ninguna forma de testear la presencia de esos componentes. Nunca pudo ser refutada experimentalmente, y nunca pudo ser mejorada a través de experimentos. La Ilustración fue la raíz de un cambio filosófico. La testeabilidad es la característica definitoria del método científico. Popper la llamaba “el criterio de demarcación” entre la ciencia y la no-ciencia.
Aún así, la testeabilidad no pudo ser el factor decisivo de la revolución científica. Las predicciones testeables siempre fueron muy comunes: cada regla de oro tradicional para encender una hoguera es testeable. Cada profeta que anuncia que el sol saldrá el próximo martes tiene una teoría testeable. ¿Cuál es el ingrediente vital presente en la ciencia pero ausente en las teorías testeables de los profetas y apostadores?
La razón por la que la testeabilidad no es suficiente es que la predicción no es el propósito de la ciencia. Las apariciones no son auto-explicativas: no resuelven el problema de cómo llegaron a suceder. Para ello es necesario una explicación: una declaración de cómo la realidad da cuenta de esa aparición.
Durante el siglo XX la mayoría de los filósofos y muchos científicos adoptaron el punto de vista de que la ciencia es incapaz de descubrir nada acerca de la realidad.  Empezando desde el empirismo, llegaron a la conclusión inevitable de que la ciencia no puede hacer nada más que predecir el resultado de observaciones, y que no debería pretender describir la realidad que produce esos resultados. Esto se conoce como instrumentalismo. Niega que puedan existir explicaciones. Es aún muy influyente. En algunos campos como el análisis estadístico la misma palabra ‘explicación’ significa predicción, de modo que se dice que una fórmula matemática ‘explica’ un conjunto de datos experimentales. ‘Realidad’ significa los datos observados que la fórmula aproxima. No hay lugar para aserciones sobre la realidad en sí misma, excepto tal vez ‘ficción útil’.
El instrumentalismo es otra forma de negar el realismo, la doctrina según la cual el mundo físico verdaderamente existe y es accesible a la investigación racional. Una vez que se niega el realismo, la implicación lógica es que toda reclamación sobre la realidad es equivalente a un mito, y ninguna es mejor que otra en ningún sentido objetivo. Esto es el relativismo, la doctrina que asegura que un determinado campo no puede ser objetivamente verdadero o falso: como máximo puede ser juzgado en relación a un estándar arbitrario. El instrumentalismo no tiene sentido en sus propios términos, porque no existe ninguna teoría puramente predictiva, sin explicación. No es posible realizar la mínima predicción sin invocar un marco explicativo sofisticado.
Como sostuvo el físico Richard Feynman, ‘la ciencia es lo que aprendimos sobre cómo evitar engañarnos a nosotros mismos.’ Al adoptar explicaciones que son fáciles de variar, el profeta se asegura que será capaz de seguir engañandose a sí mismo no importa lo que suceda.
El principio básico regulatorio de la ciencia y en general de toda la Ilustración es la búsqueda de buenas explicaciones. Esta característica distingue la aproximación científica al conocimiento de todas las otras aproximaciones: implica que la predicción por sí sola no es suficiente. Conduce al rechazo de la autoridad. Implica la necesidad de una tradición de criticismo. También implica una regla metodológica según la cual deberemos concluir que algo es real si y sólo si figura en nuestra mejor explicación de algo. El cambio radical en los valores y patrones de pensamiento de toda una comunidad de pensadores, que trajo una creación de conocimiento acelerada y sostenida, sucedió sólo una vez en la historia, con la Ilustración y su revolución científica. Toda una cultura política, moral, económica e intelectual - lo que hoy llamamos ‘el oeste’ - creció entorno a los valores sostenidos por la búsqueda de buenas explicaciones, a la tolerancia a la disidencia, a la apertura al cambio, a la desconfianza del dogmatismo y la autoridad, y a la aspiración de progreso individual y cultural.
Consideremos la explicación de las estaciones. El eje de rotación de la Tierra está inclinado relativo al plano de su órbita alrededor del sol. De ahí que durante la mitad del año el hemisferio norte está inclinado hacia el sol mientras que el hemisferio sur está alejado. Cuando los rayos del sol caen verticales en un hemisferio (proveyendo más calor por unidad de área de superficie), caen oblicuos en el otro (proveyendo menos). Es una buena explicación - difícil de variar, porque todos sus detalles cumplen un rol funcional -. Por ejemplo, sabemos y podemos testear independientemente que las superficies inclinadas alejándose de la fuente de radiación son calentadas menos que cuando están inclinadas hacia la fuente. Y podemos explicarlo en términos de geometría, calor y mecánica. La misma inclinación aparece en nuestra explicación de la posición del sol relativa al horizonte en diferentes épocas del año. En el mito de Perséfone es la tristeza de Deméter la que causa el frío en el mundo - pero la gente generalmente no enfría sus entornos cuando está triste, y no tenemos forma de saber si Deméter está triste, o si alguna vez ella enfrió al mundo adempas de cuando empieza el invierno. No es posible sustituir a la luna por el sol en la historia de la inclinación axial, porque la posición de la luna en el cielo no se repite una vez al año, y porque los rayos del sol calentando a la Tierra son una parte integral de la explicación. Tampoco es posible incorporar fácilmente nuevas historias acerca de cómo se siente el dios sol, porque la verdadera explicación del invierno está en la geometría del movimiento Tierra-sol, y todo lo demás es irrelevante.
La teoría de la inclinación axial también predice que las estaciones estarán fuera de fase en ambos hemisferios. Si hubiésemos constatado que están en fase, la teoría habría sido refutada, del mismo modo que el mito de Perséfone lo fue por la observación opuesta. Pero la diferencia es que, si la teoría de la inclinación axial hubiese sido refutada, sus defensores no hubieran tenido adónde ir. Ningún cambio fácilmente implementable haría que los ejes inclinados causaran la misma estación en todo el planeta. Se habrían necesitado ideas fundamentalmente nuevas. Eso es lo que hace que una buena explicación sea esencial para la ciencia: sólo cuando una teoría es una buena explicación - difícil de variar - importa si es testeable. Las malas explicaciones son igualmente inservibles sean o no testeables. No testeamos cada teoría testeable, sino sólo aquellas pocas que parecen buenas explicaciones.
Una forma común en que una explicación puede ser mala es cuando contiene características superfluas o arbitrariedades. A veces al remover lo superfluo y lo arbitrario se alcanza una buena explicación. Esto dio lugar a una idea errónea llamada ‘la navaja de Occam’ (llamada así por el filósofo William de Occam del siglo XIV) según la cual uno debe buscar la explicación más simple. Pero hay numerosas explicaciones simples que son fáciles de cambiar (como ‘Deméter lo hizo’). De modo que, mientras que asumir cosas más allá de lo necesario hacen que una teoría sea mala por definición, han habido muchas ideas equivocadas acerca de lo que es necesario en una teoría.
Cuando una explicación buena es falseada por nuevas observaciones, deja de ser una buena explicación ya que el problema ha sido expandido para incluir las nuevas observaciones. El método científico estándar de abandonar las teorías cuando son refutadas por experimentos es un requerimiento para obtener buenas teorías. Las mejores explicaciones son aquellas que están más constreñidas por el conocimiento existente - incluyendo otras buenas explicaciones. Esa es la razón por la cual las explicaciones testeables que han pasado tests rigurosos se vuelven explicaciones muy buenas, que a su turno es la razón por la cual la testeabilidad promueve el crecimiento del conocimiento en la ciencia.
Suponga que pensó en la teoría de la inclinación axial usted mismo. Es su conjetura, su propia creación original. Pero como es una buena explicación - difícil de cambiar - tiene un significado y un dominio de aplicabilidad autónomos. Usted no puede confinar sus predicciones a una región. Le guste o no, hace predicciones sobre lugares conocidos y desconocidos, predicciones que usted pensó y otras en las que no pensó. Planetas inclinados en órbitas similares en otros sistemas solares, y en otros tiempos pasados y futuros, deben tener calentamientos y enfriamientos estacionales similares. La teoría alcanza desde sus orígenes finitos dentro de un cerebro afectado por retazos de evidencia de una pequeña parte de un hemisferio de un planeta, hasta el infinito.
El alcance de una explicación no es un ‘principio de inducción’; no es algo que el creador de la explicación pueda usar para justificarla. El alcance lo encontramos después de que tenemos la explicación, de modo que no tiene nada que ver con la ‘extrapolación’, o ‘inducción’, o ‘derivar’ una teoría. Es exactamente al revés: la razón por la que la explicación de las estaciones tiene un alcance mucho más allá de la experiencia de sus creadores es precisamente porque no tiene que ser extrapolada. Por su naturaleza misma de explicación es que ya se aplica en el otro hemisferio de nuestro planeta, en todo el sistema solar, en otros sistemas solares y en otros tiempos.
El alcance de una explicación queda determinado por el contenido de la explicación misma. Cuanto mejor es la explicación, más rígido queda determinado su alcance, porque es más difícil de variar. Esperamos que la ley de gravedad sea la misma en Marte que en la Tierra porque sólo se conoce una explicación viable - la teoría general de la relatividad de Einstein - y es una teoría universal. Pero no esperamos que el mapa de Marte se parezca al de la Tierra, porque nuestras teorías acerca del aspecto de la Tierra no alcanzan a ningún otro objeto astronómico. Siempre son las teorías explicativas las que nos dicen cuales - usualmente escasos - aspectos de una situación pueden ‘extrapolarse’ a otras.

David Deutsch
The beginning of infinity, 2011

domingo, 15 de febrero de 2015

El tiempo y la expansión del universo

Sabemos por la relatividad que relojes idénticos tickearán a distintos ritmos si están sujetos a influencias físicas distintas - diferentes movimientos, o diferentes campos gravitacionales. Sii todos los relojes experimentan condiciones físicas idénticas, tickearán al exacto mismo ritmo y registrarán cantidades idénticas de tiempo transcurrido. En un universo en expansión en el que hay un alto grado de simetría, los relojes en distintas galaxias tickearán al mismo ritmo y registrarán idéntica cantidad de tiempo transcurrido. La uniformidad del ambiente físico, evidenciada por la uniformidad de la radiación de fondo de microondas y la distribución uniforme de galaxias en el espacio, nos permite inferir la uniformidad del tiempo.
La conclusión puede ser confusa. Como las galaxias se alejan unas de otras al expandirse el espacio, también lo hacen los relojes, y lo hacen en una enorme variedad de velocidades determinadas por la enorme variedad de distancias que los separan. ¿Tal movimiento no causaría que los relojes se des-sincronicen, como Einstein nos enseñó con la relatividad especial? Por numerosas razones, la respuesta es que no.
Einstein descubrió que los relojes que se mueven a través del espacio en diferentes maneras tickearan a diferentes ritmos. Pero los relojes que estamos considerando ahora no se mueven a través del espacio. Cada galaxia ocupa una región del espacio y, en mayor medida, sólo se mueve relativa a otras galaxias debido a la expansión del espacio. Con respecto al espacio en sí mismo, todos los relojes están estacionarios, y tickean en idéntico ritmo. Estos relojes cuyo único movimiento proviene de la expansión del espacio constituyen la medida universal de la edad del universo.
La uniformidad de la radiación de fondo de microondas provee un test de si te estás moviendo con el flujo cósmico del espacio. Si por ejemplo te desplazas en una nave espacial, tendrás movimiento adicional al de la expansión cósmica del espacio y observarás que la radiación de fondo no es homogénea. Tal como la bocina de un automóvil tiene un tono más alto cuando se aproxima y un tono más bajo cuando se aleja, las crestas y depresiones de las microondas que llegan a tí desde el frente de tu nave te llegarán con una frecuencia mayor que las que se llegan a tí desde atrás. En la “nave espacial” Tierra, los astrónomos hallan que el fondo de microondas es un poco más caliente en una dirección del espacio que en la opuesta. La razón es que la Tierra no sólo se mueve alrededor del Sol, y el Sol se mueve alrededor del centro galáctico, sino que la Vía Láctea entera tiene una pequeña velocidad adicional a la expansión cósmica en dirección a la constelación de Hydra. Cuando los astrónomos corrigen los efectos que tienen estos movimientos adicionales en las microondas que recibimos, la radiación exhibe una uniformidad exquisita de temperatura entre una parte del cielo y la otra.

Brian Greene
The fabric of the cosmos, 2004

El universo es un bizcochuelo en el horno

La historia del universo es, a grandes rasgos, un asunto sorprendentemente simple y se basa en gran parte en un hecho esencial: el universo está expandiéndose. El hecho constituye uno de los más profundos descubrimientos de la humanidad. En 1929, Edwin Hubble, valiéndose del telescopio del observatorio de Monte Wilson en Pasadena, halló que las dos docenas de galaxias que podía detectar estaban todas alejándose. Y cuanto más distantes estaban, más rápido se alejaban. Las galaxias que están a 100 millones de años luz de nosotros se están alejándose a unos 3,4 millones de km/h, aquellas que están a 200 millones de años luz se alejan el doble de rápido, a unos 6,8 millones de km/h, y así sucesivamente. Fue un hallazgo impactante porque el prejuicio científico y filosófico prevaleciente sostenía que el universo era estático, fijo, eterno e incambiante.
Si pasaras por una fábrica y vieras todo tipo de materiales alejándose violentamente en todas direcciones, pensarías que acaba de ocurrir una explosión. Si recorrieras en reversa los caminos tomados por los restos de metal y concreto, encontrarías que todos convergen al punto donde ocurrió la explosión. Por el mismo razonamiento, desde la Tierra observamos que todas las galaxias se alejan y pareciera que nuestra posición en el espacio fue el lugar de una antigua explosión. El problema con esta teoría es que vuelve especial a una región en el espacio - la nuestra -, señalándola como el lugar de nacimiento del universo. Esto implicaría una profunda asimetría: las condiciones físicas en las regiones lejanas a la explosión inicial - lejanas a nosotros - serían muy diferentes a las de aquí. Tal sería una explicación antropocéntrica propia del pensamiento pre-Copernicano, y no hay evidencia de tal asimetría en los datos astronómicos.
La interpretación alternativa fue provista por la relatividad general. Einstein halló que el espacio y el tiempo son flexibles, y halló las ecuaciones que describen con precisión cómo el espacio y el tiempo responden a la presencia de materia y energía. En los años 1920, el matemático y meteorólogo ruso Alexander Friedmann y el monje y astrónomo belga Georges Lemaître aplicaron independientemente las ecuaciones de Einstein a todo el universo. Hallaron que así como el empuje gravitacional de la tierra implica que una pelota lanzada hacia arriba puede estar o bien subiendo o bien cayendo pero no puede permanecer estacionaria (excepto por un momento único en el que alcanza el punto más alto), el empuje gravitacional de la materia y la radiación distribuido a través del cosmos implica que la estructura del espacio debe estar o bien estirándose o bien contrayéndose pero que no puede permanecer fija. Y esto, en lugar de explicar el alejamiento de las galaxias en términos de una explosión cósmica, lo explica en términos de miles de millones de años de expansión del espacio. Al hincharse, el espacio arrastró a las galaxias alejándolas unas de otras, tal como las semillas de anís se alejan unas de otras en la masa del bizcochuelo al hornearse. El origen del alejamiento no es una explosión que ocurrió en el espacio, sino de la expansión del espacio en sí mismo. Cuanto más lejos estén dos galaxias una de la otra, más espacio habrá entre ellas y más rápido se alejarán una de otra cuando el espacio se hincha.

Brian Greene
The fabric of the cosmos, 2004

sábado, 13 de julio de 2013

Japón y el peso de China en la Segunda Guerra Mundial

Los dirigentes militares de Japón tomaron una determinación decisiva en 1937, año en que se embarcaron en la conquista de China. Este hecho originó posturas hostiles en todo el planeta, y se reveló como un error estratégico de primera magnitud, siendo así que, dada la descomunal extensión del país invadido, sus logros territoriales no revistieron la menor significación. Uno de sus soldados garabateó desesperado en la pared de un edificio derruido: "Por todas partes hay conflicto y muerte, y ahora yo también estoy herido. China es infinita, y en ella no somos más que gotas de agua en medio del océano. Esta guerra no tiene sentido. No voy a volver a ver mi hogar." Aunque los nipones dominaron la guerra que habían declarado al régimen corrupto del generalísimo Chiang Kai-shek y a sus mal pertrechados ejércitos, sufrieron un desgaste nada desdeñable - el número de caídos había alcanzado a finales de 1941 los 185.000 -. Ni siquiera el despliegue multitudinario de fuerzas - hasta 1945 permaneció en suelo chino un millón de japoneses - sirvió para propiciar un resultado definitivo, ni sobre los nacionalistas de Chiang, ni sobre los comunistas de Mao, a cuyos ejércitos combatieron, en ocasiones, a lo largo de un frente de tres mil kilómetros.
La idea que se tiene en Occidente de la guerra con Japón está dominada por las campañas del Pacífico  del Sureste Asiático. Con todo, China, y la negativa de Tokio a renunciar a las conquistas que ambicionaba allí, tuvo un peso fundamental en el fracaso último de los nipones. Si se hubieran retirado del continente, tal vez habrían evitado entrar en guerra con Estados Unidos, por cuanto fue la agresión allí perpetrada, y la cultura homicida simbolizada por la muerte de al menos sesenta mil paisanos, cuando no muchos más, en Nankín, lo que suscitó en mayor grado la inquina y la indignación de los estadounidenses. Además, por poca que fuese la eficacia de los ejércitos chinos, la empresa bélica impuso al Japón una colosal sangría de recursos. La maldición que perdió al gobierno de Tokio fue su dominación por parte de soldados consagrados a la supuesta virtud de considerar la guerra un fin en sí mismo, que embriagados por la certeza de su virilidad marcial fueron incapaces de hacerse cargo de la dificultad que entrañaba mover guerra contra Estados Unidos, la mayor potencia industrial del planeta, invulnerable, además, a los ataques y punto menos que imposible de vencer.

Max Hastings
Se desataron todos los infiernos, 2011

miércoles, 15 de mayo de 2013

Colaboracionismo francés

Todos los franceses, con independencia del lugar en que se encontraran, tomaron partido por uno u otro bando, y dieron claras muestras de hostilidad hacia quienes habían adoptado la opinión contraria. Si a bordo del submarino minador francés Rubis se celebró una votación en la que sólo dos de los 44 hombres que conformaban la dotación se declararon a favor de luchar al lado del Reino Unido, de los pocos menos de cien mil soldados franceses que desembarcaron en las islas británicas tras las campañas de 1940, sólo sumaron dos mil quinientos los que prefirieron unirse a De Gaulle en lugar de regresar a su país y vivir bajo ocupación alemana. En una fecha tan tardía como la de noviembre de 1940, mes en que se ganó la batalla de Inglaterra, fueron mil setecientos los soldados y oficiales navales que ejercieron el derecho a ser repatriados que se les otorgó. Sus nuevos amigos alemanes los recibieron de un modo muy poco caritativo al torpedear el buque hospital que los transportaba cuando se hallaba sobre la costa francesa. Cuatrocientos de ellos murieron ahogados, pero el comandante Paul Martin, que se encontraba entre los supervivientes, dejó claro su carácter incorregible en la carta que remitió a un oficial superior de Tolón. "La política de Churchill - escribió en ella - me hace temer un desastre demagógico. Se diría que los británicos de seso tienen miedo al futuro, pues se han dejado llevar por la democracia, los financieros internacionales y los judíos. Es evidente que Francia va a tener que aplicar un correctivo a todo esto."
Si bien es cierto que la suya era una opinión extremista, también lo es que el antisemitismo estaba muy arraigado en la nación. La burocracia y los organismos de seguridad de Vichy capturaban a los judíos y a los portadores de la cruz de Lorena, símbolo de la Francia Libre, casi con la misma resolución que los alemanes. "¡Dios mío! ¿Qué me está haciendo este país? - se preguntaba en junio de 1941, desde su precario refugio francés, la escritora judía Irene Nemirovsky, que más tarde hallaría la muerte en Auschwitz -. Ya que ha dado en rechazarme, no me queda más remedio que limitarme a observarlo con frialdad mientras va perdiendo su honra y su vida." La resistencia apenas comprendió a una minoría de la población gala hasta el mes de junio de 1944, y suscitó, en cambio, la ira de una proporción mucho mayor. Si el haber servido a las órdenes de De Gaulle se trocó en motivo de orgullo tras la liberación, hasta ese momento fueron muchísimos los franceses que acusaron de traición a sus seguidores, y, de hecho, los delataron con frecuencia ante las autoridades del régimen de Vichy cuando no ante los mismísimos alemanes.

Max Hastings
Se desataron todos los infiernos, 2011

domingo, 24 de febrero de 2013

Infantilismo intelectual

Entre otras cosas, los cristianos consideran "ateos fundamentalistas" a quienes estarían dispuestos a negarle a la gente el consuelo de la fe (especialmente a la gente mayor y sola), así como la compañía de un protector benévolo e invisible en la noche oscura del alma; personas que - supuestamente - no saben ver las extraordinarias bellezas artísticas inspiradas en la fe. Sin embargo, el cristianismo en su forma actual, concesiva, modesta y paliativa, es una versión reciente y muy modificada de lo que durante la mayor parte de la historia fue una ideología a menudo violenta, y siempre opresiva. Solo hay que pensar en las Cruzadas, la tortura, las muertes en la hoguera, la esclavitud de las mujeres respecto a tener que dar a luz constantemente y no poder divorciarse, la distorsión de la sexualidad humana, el uso del miedo (a los tormentos del infierno) como instrumento de control, y los horripilantes resultados de su calumnia contra el judaísmo. En cambio, el cristianismo actual se ha especializado en música ambiental suave; sus amenazas del infierno, su exigencia de pobreza y castidad, su doctrina de que serán pocos los que se salven, y muchos los que se condenen, han dejado paso a un rasgueo de guitarras y a unas sonrisas de sacarina. Se ha reinventado tantas veces, y con una hipocresía tan pasmosa, para no perder su ascendiente sobre los crédulos, que si un monje medieval se despertase en la actualidad, como Woody Allen en El dormilón, no reconocería la fe que lleva el mismo nombre que la suya.
Un ejemplo: a muchos creyentes nigerianos les dicen que la fe les garantizará unos ingresos elevados. Ni más ni menos. El reverendo X dice que si le siguen a él tendrán más suerte y serán más ricos que siguiendo al reverendo Y. ¿Y el ojo de la aguja? Ah, no, que ese minúsculo orificio se cerró hace mucho tiempo... Pues entonces, ¿y "mi reino no es de este mundo"? ¿Y lo benditas que eran la pobreza y la humildad? La Iglesia anglicana abolió oficialmente el infierno en los años veinte, por decisión del Sínodo, y de las restricciones de san Pablo sobre el papel de las mujeres en la Iglesia (que consistía en sentarse silenciosamente al fondo, con la cabeza tapada) se hace caso omiso hasta el extremo de que actualmente hay vicarias, y que pronto habrá obispos mujeres.
No hay que llegar hasta Nigeria para asistir a las hipocresías de la reinvención. También nos sirve Roma, donde la última verdad eterna que se ha abandonado es la doctrina del limbo (dónde iban las almas de los bebés sin bautizar), y donde algunos cardenales están lanzando como globo sonda la idea de que en países con índices altos de seropositivos son aceptables los condones, solo en el seno del matrimonio, claro está. Esto último, que para cualquiera que no sea católico practicante no solo es de sentido común, sino un imperativo humanitario, supone un avance extraordinario en su contexto. Los católicos sensatos llevan generaciones ignorando las ideas sobre la contracepción de los viejos reaccionarios del Vaticano; lo malo es que, como todas las doctrinas religiosas se dedican a mantener a sus devotos en un estado de infantilismo intelectual (si no, ¿cómo consiguen que lo absurdo siga pareciendo creíble?), el número de católicos que han logrado ser sensatos es insuficiente. Quien busque un ejemplo del sufrimiento que es capaz de infligir el catolicismo cuando lo dejan, que se fije en Irlanda hasta hace muy poco tiempo.
"Infantilismo intelectual": estas palabras nos recuerdan que la supervivencia de las religiones se debe sobre todo al lavado de cerebro al que someten a los niños. Tres cuartas partes de las escuelas de la Iglesia anglicana son primarias; todas las confesiones que actualmente se disputan nuestros impuestos para mantener sus colegios "basados en la fe" saben que si no hacen proselitismo intelectual con las personas indefensas de tres y cuatro años, tarde o temprano se les irá la gente de las manos. Inculcar a niños pequeños las diversas falsedades en liza (nótese bien, en liza) de las principales confesiones es un tipo de abuso infantil y un escándalo. Desafiemos a las religiones a que dejen en paz a los niños hasta que se hagan adultos, momento en que sí podrían conocer las bases de la religión, y sopesarlas con madurez. Un ejemplo: dígasele a un adulto de inteligencia normal, que hasta entonces se haya librado de lavados de cerebro religiosos, que en un lugar indeterminado e invisible existe un ser más o menos parecido a nosotros, con deseos, intereses, objetivos, recuerdos y emociones de ira, amor, venganza y celos, pero con la negación de otros defectos humanos como la mortalidad, la debilidad, la corporalidad, la visibilidad y el conocimiento y la intuición limitados; y que este dios deja mágicamente embarazada a una mujer mortal, la cual acaba dando a luz a un ser especial que, tras realizar una serie de hechos prodigiosos, se va al cielo. Elíjase qué versión contar: la de que un Rey de los Cielos deja embarazada ... vamos a ver... Dánae, o Ío, o Leda, o la virgen María (etc., etc.), y que de ello se deriva una progenie destinada al cielo (Heracles, Cástor y Pólux, Jesús, etc., etc.), o bien cualquiera de las otras formas, con contenido idéntico, de las mitologías babilonia, egipcia y demás. Después pregúntesele a esa persona en cuál de ellas desea creer. Es de todo punto previsible que responda "ninguna".

Anthony Grayling
Against all gods
Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens

sábado, 8 de diciembre de 2012

Las brujas

A lo largo de épocas prolongadas existieron las brujas. La Biblia lo decía. La Biblia ordenaba que no debía permitírseles vivir. Por tanto, la Iglesia, tras cumplir con su deber de modo perezoso e indolente durante ochocientos años, reunió sus dogales, empulgueras y teas y se dispuso en serio para la santa obra. Trabajó enconadamente en ello día y noche durante nueve siglos y encarceló, torturó, ahorcó y quemó hordas y ejércitos enteros de brujas, lavando al mundo cristiano de su inmunda sangre.
Más tarde se descubrió que no existía tal cosa como las brujas ni había existido jamás. No sabe uno si reír o llorar. ¿Quién descubrió que las brujas no existían... el sacerdote, el pastor protestante? No, estos jamás han descubierto nada. En Salem, el pastor protestante se aferró patéticamente a sus textos de exorcismo después que los laicos lo habían abandonado entre lágrimas y remordimientos por los crímenes y crueldades que el texto les había persuadido a llevar a cabo. El pastor quería más sangre, más vergüenza, más brutalidades. Solo el laico no consagrado detuvo su mano. En Escocia el pastor mató a la bruja después que el magistrado la había declarado inocente; y cuando una legislatura clemente proponía abolir las odiosas leyes contra las brujas del libro de los Estatutos, fue el pastor quien llegó implorando con lágrimas e imprecaciones para que se permitiera que esas leyes siguieran en vigor.
¿No merece la pena notarse también que de toda la multitud de textos a través de los cuales el hombre ha arrastrado su pluma aniquiladora jamás ha cometido el error de arrasar uno bueno y útil? Ello parece sugerir con toda certeza que si el hombre continúa en la dirección del progreso es posible que su práctica religiosa llegue a alcanzar finalmente algún parecido con la decencia humana.

Mark Twain

Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens