sábado, 13 de julio de 2013

Japón y el peso de China en la Segunda Guerra Mundial

Los dirigentes militares de Japón tomaron una determinación decisiva en 1937, año en que se embarcaron en la conquista de China. Este hecho originó posturas hostiles en todo el planeta, y se reveló como un error estratégico de primera magnitud, siendo así que, dada la descomunal extensión del país invadido, sus logros territoriales no revistieron la menor significación. Uno de sus soldados garabateó desesperado en la pared de un edificio derruido: "Por todas partes hay conflicto y muerte, y ahora yo también estoy herido. China es infinita, y en ella no somos más que gotas de agua en medio del océano. Esta guerra no tiene sentido. No voy a volver a ver mi hogar." Aunque los nipones dominaron la guerra que habían declarado al régimen corrupto del generalísimo Chiang Kai-shek y a sus mal pertrechados ejércitos, sufrieron un desgaste nada desdeñable - el número de caídos había alcanzado a finales de 1941 los 185.000 -. Ni siquiera el despliegue multitudinario de fuerzas - hasta 1945 permaneció en suelo chino un millón de japoneses - sirvió para propiciar un resultado definitivo, ni sobre los nacionalistas de Chiang, ni sobre los comunistas de Mao, a cuyos ejércitos combatieron, en ocasiones, a lo largo de un frente de tres mil kilómetros.
La idea que se tiene en Occidente de la guerra con Japón está dominada por las campañas del Pacífico  del Sureste Asiático. Con todo, China, y la negativa de Tokio a renunciar a las conquistas que ambicionaba allí, tuvo un peso fundamental en el fracaso último de los nipones. Si se hubieran retirado del continente, tal vez habrían evitado entrar en guerra con Estados Unidos, por cuanto fue la agresión allí perpetrada, y la cultura homicida simbolizada por la muerte de al menos sesenta mil paisanos, cuando no muchos más, en Nankín, lo que suscitó en mayor grado la inquina y la indignación de los estadounidenses. Además, por poca que fuese la eficacia de los ejércitos chinos, la empresa bélica impuso al Japón una colosal sangría de recursos. La maldición que perdió al gobierno de Tokio fue su dominación por parte de soldados consagrados a la supuesta virtud de considerar la guerra un fin en sí mismo, que embriagados por la certeza de su virilidad marcial fueron incapaces de hacerse cargo de la dificultad que entrañaba mover guerra contra Estados Unidos, la mayor potencia industrial del planeta, invulnerable, además, a los ataques y punto menos que imposible de vencer.

Max Hastings
Se desataron todos los infiernos, 2011

miércoles, 15 de mayo de 2013

Colaboracionismo francés

Todos los franceses, con independencia del lugar en que se encontraran, tomaron partido por uno u otro bando, y dieron claras muestras de hostilidad hacia quienes habían adoptado la opinión contraria. Si a bordo del submarino minador francés Rubis se celebró una votación en la que sólo dos de los 44 hombres que conformaban la dotación se declararon a favor de luchar al lado del Reino Unido, de los pocos menos de cien mil soldados franceses que desembarcaron en las islas británicas tras las campañas de 1940, sólo sumaron dos mil quinientos los que prefirieron unirse a De Gaulle en lugar de regresar a su país y vivir bajo ocupación alemana. En una fecha tan tardía como la de noviembre de 1940, mes en que se ganó la batalla de Inglaterra, fueron mil setecientos los soldados y oficiales navales que ejercieron el derecho a ser repatriados que se les otorgó. Sus nuevos amigos alemanes los recibieron de un modo muy poco caritativo al torpedear el buque hospital que los transportaba cuando se hallaba sobre la costa francesa. Cuatrocientos de ellos murieron ahogados, pero el comandante Paul Martin, que se encontraba entre los supervivientes, dejó claro su carácter incorregible en la carta que remitió a un oficial superior de Tolón. "La política de Churchill - escribió en ella - me hace temer un desastre demagógico. Se diría que los británicos de seso tienen miedo al futuro, pues se han dejado llevar por la democracia, los financieros internacionales y los judíos. Es evidente que Francia va a tener que aplicar un correctivo a todo esto."
Si bien es cierto que la suya era una opinión extremista, también lo es que el antisemitismo estaba muy arraigado en la nación. La burocracia y los organismos de seguridad de Vichy capturaban a los judíos y a los portadores de la cruz de Lorena, símbolo de la Francia Libre, casi con la misma resolución que los alemanes. "¡Dios mío! ¿Qué me está haciendo este país? - se preguntaba en junio de 1941, desde su precario refugio francés, la escritora judía Irene Nemirovsky, que más tarde hallaría la muerte en Auschwitz -. Ya que ha dado en rechazarme, no me queda más remedio que limitarme a observarlo con frialdad mientras va perdiendo su honra y su vida." La resistencia apenas comprendió a una minoría de la población gala hasta el mes de junio de 1944, y suscitó, en cambio, la ira de una proporción mucho mayor. Si el haber servido a las órdenes de De Gaulle se trocó en motivo de orgullo tras la liberación, hasta ese momento fueron muchísimos los franceses que acusaron de traición a sus seguidores, y, de hecho, los delataron con frecuencia ante las autoridades del régimen de Vichy cuando no ante los mismísimos alemanes.

Max Hastings
Se desataron todos los infiernos, 2011

domingo, 24 de febrero de 2013

Infantilismo intelectual

Entre otras cosas, los cristianos consideran "ateos fundamentalistas" a quienes estarían dispuestos a negarle a la gente el consuelo de la fe (especialmente a la gente mayor y sola), así como la compañía de un protector benévolo e invisible en la noche oscura del alma; personas que - supuestamente - no saben ver las extraordinarias bellezas artísticas inspiradas en la fe. Sin embargo, el cristianismo en su forma actual, concesiva, modesta y paliativa, es una versión reciente y muy modificada de lo que durante la mayor parte de la historia fue una ideología a menudo violenta, y siempre opresiva. Solo hay que pensar en las Cruzadas, la tortura, las muertes en la hoguera, la esclavitud de las mujeres respecto a tener que dar a luz constantemente y no poder divorciarse, la distorsión de la sexualidad humana, el uso del miedo (a los tormentos del infierno) como instrumento de control, y los horripilantes resultados de su calumnia contra el judaísmo. En cambio, el cristianismo actual se ha especializado en música ambiental suave; sus amenazas del infierno, su exigencia de pobreza y castidad, su doctrina de que serán pocos los que se salven, y muchos los que se condenen, han dejado paso a un rasgueo de guitarras y a unas sonrisas de sacarina. Se ha reinventado tantas veces, y con una hipocresía tan pasmosa, para no perder su ascendiente sobre los crédulos, que si un monje medieval se despertase en la actualidad, como Woody Allen en El dormilón, no reconocería la fe que lleva el mismo nombre que la suya.
Un ejemplo: a muchos creyentes nigerianos les dicen que la fe les garantizará unos ingresos elevados. Ni más ni menos. El reverendo X dice que si le siguen a él tendrán más suerte y serán más ricos que siguiendo al reverendo Y. ¿Y el ojo de la aguja? Ah, no, que ese minúsculo orificio se cerró hace mucho tiempo... Pues entonces, ¿y "mi reino no es de este mundo"? ¿Y lo benditas que eran la pobreza y la humildad? La Iglesia anglicana abolió oficialmente el infierno en los años veinte, por decisión del Sínodo, y de las restricciones de san Pablo sobre el papel de las mujeres en la Iglesia (que consistía en sentarse silenciosamente al fondo, con la cabeza tapada) se hace caso omiso hasta el extremo de que actualmente hay vicarias, y que pronto habrá obispos mujeres.
No hay que llegar hasta Nigeria para asistir a las hipocresías de la reinvención. También nos sirve Roma, donde la última verdad eterna que se ha abandonado es la doctrina del limbo (dónde iban las almas de los bebés sin bautizar), y donde algunos cardenales están lanzando como globo sonda la idea de que en países con índices altos de seropositivos son aceptables los condones, solo en el seno del matrimonio, claro está. Esto último, que para cualquiera que no sea católico practicante no solo es de sentido común, sino un imperativo humanitario, supone un avance extraordinario en su contexto. Los católicos sensatos llevan generaciones ignorando las ideas sobre la contracepción de los viejos reaccionarios del Vaticano; lo malo es que, como todas las doctrinas religiosas se dedican a mantener a sus devotos en un estado de infantilismo intelectual (si no, ¿cómo consiguen que lo absurdo siga pareciendo creíble?), el número de católicos que han logrado ser sensatos es insuficiente. Quien busque un ejemplo del sufrimiento que es capaz de infligir el catolicismo cuando lo dejan, que se fije en Irlanda hasta hace muy poco tiempo.
"Infantilismo intelectual": estas palabras nos recuerdan que la supervivencia de las religiones se debe sobre todo al lavado de cerebro al que someten a los niños. Tres cuartas partes de las escuelas de la Iglesia anglicana son primarias; todas las confesiones que actualmente se disputan nuestros impuestos para mantener sus colegios "basados en la fe" saben que si no hacen proselitismo intelectual con las personas indefensas de tres y cuatro años, tarde o temprano se les irá la gente de las manos. Inculcar a niños pequeños las diversas falsedades en liza (nótese bien, en liza) de las principales confesiones es un tipo de abuso infantil y un escándalo. Desafiemos a las religiones a que dejen en paz a los niños hasta que se hagan adultos, momento en que sí podrían conocer las bases de la religión, y sopesarlas con madurez. Un ejemplo: dígasele a un adulto de inteligencia normal, que hasta entonces se haya librado de lavados de cerebro religiosos, que en un lugar indeterminado e invisible existe un ser más o menos parecido a nosotros, con deseos, intereses, objetivos, recuerdos y emociones de ira, amor, venganza y celos, pero con la negación de otros defectos humanos como la mortalidad, la debilidad, la corporalidad, la visibilidad y el conocimiento y la intuición limitados; y que este dios deja mágicamente embarazada a una mujer mortal, la cual acaba dando a luz a un ser especial que, tras realizar una serie de hechos prodigiosos, se va al cielo. Elíjase qué versión contar: la de que un Rey de los Cielos deja embarazada ... vamos a ver... Dánae, o Ío, o Leda, o la virgen María (etc., etc.), y que de ello se deriva una progenie destinada al cielo (Heracles, Cástor y Pólux, Jesús, etc., etc.), o bien cualquiera de las otras formas, con contenido idéntico, de las mitologías babilonia, egipcia y demás. Después pregúntesele a esa persona en cuál de ellas desea creer. Es de todo punto previsible que responda "ninguna".

Anthony Grayling
Against all gods
Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens

sábado, 8 de diciembre de 2012

Las brujas

A lo largo de épocas prolongadas existieron las brujas. La Biblia lo decía. La Biblia ordenaba que no debía permitírseles vivir. Por tanto, la Iglesia, tras cumplir con su deber de modo perezoso e indolente durante ochocientos años, reunió sus dogales, empulgueras y teas y se dispuso en serio para la santa obra. Trabajó enconadamente en ello día y noche durante nueve siglos y encarceló, torturó, ahorcó y quemó hordas y ejércitos enteros de brujas, lavando al mundo cristiano de su inmunda sangre.
Más tarde se descubrió que no existía tal cosa como las brujas ni había existido jamás. No sabe uno si reír o llorar. ¿Quién descubrió que las brujas no existían... el sacerdote, el pastor protestante? No, estos jamás han descubierto nada. En Salem, el pastor protestante se aferró patéticamente a sus textos de exorcismo después que los laicos lo habían abandonado entre lágrimas y remordimientos por los crímenes y crueldades que el texto les había persuadido a llevar a cabo. El pastor quería más sangre, más vergüenza, más brutalidades. Solo el laico no consagrado detuvo su mano. En Escocia el pastor mató a la bruja después que el magistrado la había declarado inocente; y cuando una legislatura clemente proponía abolir las odiosas leyes contra las brujas del libro de los Estatutos, fue el pastor quien llegó implorando con lágrimas e imprecaciones para que se permitiera que esas leyes siguieran en vigor.
¿No merece la pena notarse también que de toda la multitud de textos a través de los cuales el hombre ha arrastrado su pluma aniquiladora jamás ha cometido el error de arrasar uno bueno y útil? Ello parece sugerir con toda certeza que si el hombre continúa en la dirección del progreso es posible que su práctica religiosa llegue a alcanzar finalmente algún parecido con la decencia humana.

Mark Twain

Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens

Dos leyes morales

Es evidente que hay una ley moral para el cielo y otra para la Tierra. El púlpito nos asegura que siempre que veamos sufrimiento y penas, y pudiendo aliviarlas no lo hagamos, pecaremos gravemente. Nunca ha habido ningún caso de sufrimiento o pena que no pudiera aliviar Dios. ¿Entonces Él peca? Si Él es la Fuente de la Moral, la respuesta es que sí. Reconoceréis que está clarísimo. Es evidente que la Fuente de la Ley no puede infligir la ley y regodearse en ello sin que lo reprochen. Y sin embargo, vemos este curioso espectáculo: cada día, el loro amaestrado del púlpito declama solemnemente estas ironías, adquiridas de segunda mano y adoptadas sin examen, a una congregación amaestrada que las acepta sin examen, y ni el orador ni los oyentes se ríen de sí mismos.

Mark Twain.
Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens

El inventor de la mosca

Ve a los confines más remotos de la tierra y haz tu labor con diligencia. Persigue al niño enfermo; pósate en sus ojos, su cara y sus manos, y muerde, incordia y pica; molesta, irrita y enloquece a la cansada y débil madre que vela por el niño, y que implora humildemente misericordia y alivio en sus rezos, con la fe patética de los engañados a quienes no se puede enseñar nada. Pósate en las heridas purulentas de los soldados de los campos de batalla y de los hospitales, y sácales de quicio mientras rezan también ellos, entre alguna que otra palabrota, sin nadie que les escuche excepto tú, Mosca, que recibes todos los mimos y toda la protección sin necesidad siquiera de rezar. Agobia y persigue al pobre y triste desdichado que se muere de peste, y que reza en su terror y desesperación; muerde, pica, cómete sus úlceras, chapotea con las patas en su sangre podrida, úntalas de una gruesa capa de gérmenes de la peste (patas astutamente diseñadas y perfeccionadas para esta función hace muchísimo tiempo, al principio de todo), y lleva esta mercancía a cientos de mesas, entre los justos y los injustos, la nobleza y la plebe; y corre ahí por la comida, y embadúrnala de mugre y muerte. Visita a todos; no des descanso a nadie hasta la tumba; visita y aflige a los inofensivos y explotados caballos, mulas, bueyes y burros; importuna a la paciente vaca, y a todos los dulces animales que trabajan aquí sin recompensa justa, y perecen sin la esperanza de recibirla más adelante; no perdones a ningún animal, salvaje ni doméstico; siempre que encuentres alguno, amárgale la vida, y trátale como se merecen los inocentes; y de ese modo, compláceme y acrecienta mi gloria, Yo, que he inventado la mosca.

Mark Twain

Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens

Milagro

Se nos define el milagro: una derogación de las leyes naturales. Si no conocemos esas leyes, ¿cómo sabremos que un suceso las deroga?
- ¿Pero no conocemos algunas de esas leyes?
- Sí, hemos sorprendido alguna relación entre las cosas. Pero sin aprehender todas las leyes naturales no podemos aprehender ninguna, puesto que están encadenadas.
- Todavía podríamos establecer el milagro por esas series de relaciones que hemos sorprendido.
- No podríamos hacerlo con certeza filosófica. Por otra parte, precisamente las series que se nos ofrecen como más fijas y mejor determinadas son las que menos interrumpe el milagro. El milagro no atenta jamás contra la mecánica celeste, por ejemplo. No se manifiesta en el curso de los astros y jamás adelanta o retrasa un eclipse previamente calculado. Por el contrario, realízase voluntariamente en las tinieblas de la patología interna y desciende sobre las enfermedades nerviosas. Pero no confundamos una cuestión de hecho con la cuestión de principio. En principio, el sabio es inhábil para establecer la certeza de un hecho sobrenatural. Esa confirmación supone un conocimiento total y absoluto de la naturaleza que no posee ni poseerá, y que nadie poseyó jamás en el mundo. Por eso no creería a nuestros más hábiles oculistas si sostuviesen la curación milagrosa de un ciego, como no creo tampoco en san Mateo y san Marcos, que no eran oculistas. El milagro es por su misma definición recóndito e incognoscible.
El sabio no puede atestiguar en ningún caso que un hecho está en contradicción con el orden universal, es decir, con lo desconocido divino. Dios mismo no podría hacerlo sin establecer una forzosa distinción entre las manifestaciones generales y las manifestaciones particulares de su actividad, reconociendo así que de tiempo en tiempo son necesarios en su obra algunos tímidos retoques, dejando también escapar la humillante confesión de que la pesada máquina que ha montado tiene necesidad a cada hora, para marchar tal cual, de un retoque del fabricante.
La ciencia es apta, por el contrario, para asociar a los datos conocidos de la ciencia positiva algunos hechos que parecían alejarse de ella. En ocasiones consigue muy felizmente explicar por causas físicas ciertos fenómenos que pasaron mucho tiempo por maravillosos. Sobre la tumba del diácono Paris y en otros lugares sagrados se han realizado curas de la médula. Estas curas no admiran desde que se sabe que el histerismo simula a veces las lesiones de la médula espinal.
Que una estrella nueva apareciese a esos misteriosos personajes que el Evangelio denomina Magos (admito que el hecho sea históricamente cierto) podría ser indubitable para los astrólogos de la Edad Media, quienes creían que el firmamento, tachonado de estrellas, no estaba sujeto a ninguna vicisitud. Pero, real o ficticia, la estrella de los Magos ya no es milagrosa para nosotros, pues sabemos que el cielo está incesantemente perturbado por el nacimiento y por la muerte de los universos, y hemos visto en 1866 encenderse una estrella en la Corona Boreal, y brillar un mes sin extinguirse.
Esta estrella no anunció al Mesías; solo atestiguó que a infinita distancia de nosotros una espantosa conflagración devoró a un mundo en pocos días, o mejor aún, que lo había devorado en otro tiempo, pues el rayo que nos traía la noticia de tal desastre celeste estaba en camino desde hacía cinco siglos o quizá mucho más.
Es conocido el milagro de Bolsena, inmortalizado en una Stanza de Rafael. Un sacerdote incrédulo celebraba misa; al partir la hostia para la comunión, apareció cubierta de sangre. Las academias aún no se hubiesen visto muy apuradas hace diez años para explicar un hecho tan extraño. No lo es desde que se descubrió una microscópica seta cuyas células mezcladas con la harina o la pasta adquieren el aspecto de sangre coagulada. El sabio que la encontró, pensando racionalmente que ella era la causa de las manchas rojas encontradas en la hostia de Bolsena, la llamó seta Micrococcus prodigiosus.
Siempre habrá una seta, una estrella o una enfermedad que la ciencia no conozca, y por eso mismo deberá negar siempre, en nombre de la eterna ignorancia, cualquier milagro, y decir que las más grandes maravillas, como de la hostia de Bolsena, como de la estrella de los Magos, como del paralítico curado: O eso no es cierto o lo es; si es cierto, existe en la naturaleza, y por consiguiente es natural.

Anatole France
El jardín de Epicuro (1895)

Recogido en el libro Dios no existe (2009) de Christopher Hitchens